sábado, 27 de marzo de 2010

Rosas colombianas



En ocasión de nuestras presentaciones con “Quien lo probó lo sabe” en Montevideo, quiso Dios, o el Destino, o la gente del Teatro “El Galpón”, que coincidiéramos con Ana María y su “Humor Bovo”. Feliz reencuentro con la estrella de las narradoras. Reencuentro multiplicado, pues, amén del teatro, los desayunos, almuerzos y cenas, también nos tocó cruzarnos por la 18 de julio o por el mercado del puerto. Todo fluyó con la suavidad de una deseada sobremesa cuya cereza fue roja, sí, pero con forma de libro y nombre de flor, “Rosas colombianas”, novela con la que aquí, por ganas y por amistad, pero más que por eso, por el placer que me dio su recién acabada lectura y por prolongar algo el remanente de sabor en boca, me estreno aquí como reseñador.


¡Ana, qué lindo te salió el primero! Tres partes: un matrimonio naufragando, una prima amada que no volverás a ver y la inmersión en el pueblo andaluz de tu abuelo para recuperar algo de lo perdido en clave fértil de intensa poesía. Ardo por acometerte para saber en qué medida, cómo, dónde y hasta dónde has manipulado tus recursos autobiográficos. Te salió más que bien y la curiosidad se despertó insaciable.


El arte que venís puliendo para dar placer contando historias aparece aquí concentrado y da felicidad en cada párrafo. ¿Qué más se puede pedir?


Todos a comprar “Rosas colombianas”, de Ana María Bovo. Emecé. Y a leer, que el zapping y la computadora traen gases.


Para que veas que leí atentamente y que esto no es una tirada de rosas, justamente, hago dos objeciones a Inés, la del cuento: “Amanecí en tus brazos” no es un bolero, es una ranchera, y Doña Concha Piquer no era andaluza, era valenciana, aunque hacía esfuerzos de agitanamiento según las exigencias del repertorio. Al pasar: cuentan que era mala como pocas. Una Pascuala.


Como no hay dos sin tres, me guardo la tercera para la hora esperada en que nuestros pasos vuelvan a coincidir.


Ana: me encantás vos, me encantó encontrarte, me cautiva escucharte y me fascinó leerte, y acá quedamos, esperando la próxima entrega.

Con tan poca distancia, tan poca “disociación instrumental”, como decían los viejos psicoterapeutas, barrunto que mis días de reseña literaria amanecen muy nublados. No entre tus brazos, pero cerca.