lunes, 12 de junio de 2017

Ibirapuera

Donde se interrumpe el hacinado alboroto
y el amontonamiento de casas que no quisieron buscar la belleza,
con petulancias de emperador
el verde abre un parque que parece sonambulear a miles de kilómetros de aquí,
en ese país mítico virgen de cemento.
Charlan los pájaros docenas de lenguas diferentes
y bordan músicas en las sedas de un enorme lago.
Nos desurbanamos  sentados en el pasto tenue,
besado en hojas apenas húmedas.
Sin anunciarse, la maravilla irrumpe a nuestra izquierda.
Dos cisnes negros, a la vez dulces y opulentos,
delatan sin estridencias que están unidos para siempre
y avanzan lánguidamente ocultando el pataleo.
No quieren humillar la pequeñez de los patitos que pescan laboriosamente,
acaso tampoco querrán reconocer que son perfectos.
Sólo flotar, deslizarse y un poco pavonearse
para otras parejas que, sin prevenirnos, hermosean la distancia,
uno y otro esmerados en escrutar las plumas propias
y las de su compañía.
Catorce o quince parejas de cisnes negros,
y una de blancos que recorta la otra orilla.

Muy cerca e infinitamente lejos, el arte moderno
yace adinerado en amplios pabellones.

Es una tarde muy gris y casi temperada.

Algo crujirá cuando salgamos de aquí.
Iremos a la pelea como en trino diferente
o color incompatible.

Todavía no lo sabemos.




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